C…

Sentada sobre aquella fría roca, observando el panorama que se desarrollaba a su alrededor y ante el dilema de aquellos sentimientos recientemente adquiridos, alzo su cabeza hacia el cielo y se sumergió profundamente en todos aquellos recuerdos.

Llevaba tanto tiempo sacándolos de su cabeza, ocupando cada segundo de su tiempo con la intención de no pensar y llenando su cabeza de todo tipo de sustancias como único medio para no sentir nada, que ya creía haberlos olvidado.

Periodista.
Sí, eso iba a haber sido ella, una gran periodista, de las mejores a ser posible. Era la primera de su clase, era tenaz, imaginativa y aplicada, era esa alumna modelo de la que nadie se puede quejar.

Cómo había llegado a este punto solo era una pregunta más sin responder en su lista de injusticias y desdichas, en su lista de “¿Por qué a mí?”

No acababa de entender como aquella muchacha, Sofía, había conseguido sacarla de ese ciclo de miseria y autodestrucción en el que ella misma había elegido adentrarse. Probablemente fueran aquellos ojos, esos preciosos ojos que no podían ser más parecidos a los de C…
Carolina. Si, ese era su nombre y el solo hecho de intentar recordarlo atraía a su memoria tantas cosas, tanta pena, tanto dolor…

Se levantó rápidamente de aquella roca, agarro su mochila y se dirigió a la zona de la hoguera, donde Sofía bailaba, le agarró la mano, besó su mejilla con cariño y le susurró al oído –“volveré a por ti, es una promesa”- y sin pensarlo dos veces se alejó de aquella alegre fiesta, de aquella bonita playa, de aquella maravillosa Sofía.

Volvía a perder el rumbo con la intención de encontrarse a sí misma en ese sendero sin baldosas que siempre había sido su vida.

Anuncios

Sofía

Las lucecitas parpadeaban a su alrededor, el fuego iluminaba la arena en sus pies y la alegre melodía de aquella guitarra conseguía hacerle sentir en el más hermoso de los sueños.

La gente a lo lejos bailaba y reía, sumergidos en conversaciones tan banales como amenas mientras sonreían y se halagaban los unos a los otros.

Ella simplemente se mantenía parada, con los pies bañados por las olas y el pelo ondeando al viento.

Había encontrado a aquella muchacha por pura casualidad, en una gasolinera al norte, cuando iba a comprar tabaco, y hasta el momento no había podido si no mirar aquellos alegres ojos y escuchar su melódica voz, olvidándose incluso de que no había comprado tabaco.

Se movía de aquella manera como si las olas y el viento se hubieran fundido sobre la arena, danzando casi con ingravidez. Sus ojos color miel capturaban el brillo de las llamas, atrapándolo bajo una espesa capa de pestañas, atrapándola a ella también.

Observaba sentada como los granos de arena brillaban sobre la chica, sobre su piel dorada, como destellos en un atardecer.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que apenas se dio cuenta del muchacho parado a su lado, de que le estaba hablando.

– ¿es tu novia? – no conocía a ese chico de nada, tampoco tenía ninguna intención de conocerlo y entre cada palabra podía entrever las intenciones de su pregunta. -la chica del pelo rizado, la morena, ¿es tu novia?
miro a los ojos del aquel chico, atravesándole con la mirada, respondiéndole un frío “¿quién eres y que te importa?” sin siquiera separar sus labios. El chico levantó las cejas y se alejó de ella, captando sobradamente la indirecta.

¿lo era? ¿era esa chica su novia? Y, si no lo era, ¿por qué se sentía de aquella manera al estar a su lado?

Nunca había tenido una novia, tampoco un novio para ser sinceros. Nunca había experimentado el amor, raramente había sentido cariño. Su vida había sido una montaña rusa de momentos y desdichas y hasta este mismo instante nunca había mirado a nadie de la manera en que le miraba a ella.

Sofía, se llamaba Sofía. Y era la cosa más preciosa que jamás hubiese visto.

Ella iba a la inversa.

A veces simplemente los días se le quedaban grandes.

Las horas parecían no pasar y el incansable susurro del reloj le sacaba de sus casillas

Tirada en ese sofá mugriento, rodeada de latas de cerveza y colillas de cigarrillos a medio fumar.

Divagaba entre pensamiento y pensamiento, perdida en una nube de “demasiado tiempo libre”. Ya hacía tiempo que no salía y quizá esa noche sería una buena ocasión. Pero ese roñoso sofá y las ya incontables cervezas habían conseguido su propósito, de ahí no la movía ni cristo.

La luz entraba por la ventana directa a su cara, cegándola, ella observaba el cigarro en su mano consumiéndose de una manera irrefrenable con cada brisa de aire, le hacía plantarse tantas cosas que simplemente le daban más ganas de poder apagar el cerebro durante un rato e irse a dormir. Pero, ¿Quién quiere dormir a esas horas?

Ella iba a la inversa y las cosas más sencillas le hacían perder la cabeza. Un cigarro consumiéndose, un rayo de luz en la cara y esas colillas que alguien debería quitar del sofá y simplemente ¡BUM! ¡A tomar por culo todo!

Agarro su mochila, un par de latas de cerveza y la bolsita de marihuana, y simplemente se largó de aquella casa.

En realidad, ni siquiera sabía de quien era, llevaba varios días viendo a aquellos mismos yonkis desfasados morir y resucitar de una manera casi rutinaria, mientras los cigarros se consumían y la aguja del reloj avanzaba.

Salió a la calle y caminó, ni tan siquiera se planteaba hacia donde iba, pero al menos no llovía.

 

 

No tenía rumbo.

Eran ya la 6 de la madrugada y sin embargo seguía ahí parada, el viento de invierno le helaba hasta los huesos y la botella de vino a medio beber empezaba a pesar en su mano derecha.

Pero a pesar del mareo y las repentinas nauseas, causadas más que probablemente por las tres anteriores botellas de vino, ella se mantenía ahí, de pie, parada sobre ese escalón como un témpano de hielo, pensando, o no haciéndolo. Solo miraba fijamente a aquel castaño y observaba caer sus hojas, naranjas por el otoño, mojadas… bueno, supongo también por el otoño.

Habían pasado dos días desde que había decidido coger todos sus ahorros e irse y, muy a su pesar, el vino y las caladas furtivas no habían caido en ella de la manera que había pensado. La mochila que colgaba a sus espaldas llevaba horas destrozándole los hombros, los pies empezaban a doler de andar sin rumbo y esa capucha empapada no iba a seguir siendo de ayuda si no encontraba un techo pronto.

Flexiono sus rodillas dejándose caer en el escalón, y tras dar otro trago a aquel vino, ya aguado y sin duda avinagrado, dejó la botella en el escalón y encendió el porro que llevaba en el bolsillo.

Se quedó ahí sentada un largo rato, contemplando su pálido rostro en un charco e intercalando caladas y tragos de una manera casi sincrónica.

No tenía un rumbo ni intención de buscarlo.